Cuba: ¿revolución o reforma? (Fragmento) |
Por Enrique Ubieta • La Habana |
La sospecha en torno a la veracidad de los relatos históricos no es nueva. Ya en las postrimerías del siglo xix el crítico e historiador literario cubano Justo de Lara exponía, a modo de ejemplo, un hecho insólito: una noche de otoño, el rey Carlos xi de Suecia conversaba en una de las habitaciones de su palacio con varios ministros. Desde la ventana pudo ver que el salón principal se encontraba extrañamente iluminado; ninguno de los hombres de su séquito pudo ofrecer una explicación convincente y el Rey decidió acudir al lugar. Lo que vio lo llenó de espanto: sentado en el trono se hallaba un cuerpo ensangrentado, vestido con las insignias reales y en el salón bailaban decenas de seres fantasmales. Esa misma noche, el Rey escribió lo sucedido en un pergamino, que no solo lleva su firma —y el cuño real—, sino la de todos sus acompañantes, en calidad de testigos oculares. El documento, sin duda legítimo, se conserva, pero ¿constituye una prueba histórica?, ¿por qué descartamos su veracidad?, ¿si la historia fuese verosímil, acaso no estimaríamos como definitiva la prueba? La historia narra episodios que no vivimos, y que debemos reconstruir desde nuestros prejuicios y experiencias. La investigación histórica, desde luego, no está desprovista de metodologías que aseguran una imprescindible “objetividad”, pero no puede ni desea desentenderse de la subjetividad humana. Por eso, la sospecha ha sido siempre un recurso de los historiadores revolucionarios, sobre todo porque según una frase sabia, “la historia la escriben los vencedores”, y ellos, pocas veces lo han sido.
