Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura y en la utilidad de la virtud...
jueves, 2 de febrero de 2012
¡VIVA POR SIEMPRE SARA GONZÁLEZ!
miércoles, 1 de febrero de 2012
EL UNIVERSO ESPIRITUAL MARTIANO
“Todo en el Universo es equilibrio.”
José Martí.
Por Carlos Rodríguez Almaguer.
(Intervención en el Taller Científico "José Martí y la espiritualidad",
Centro de Estudios Martianos, La Habana, 13 y 14 de diciembre de 2011)
(Intervención en el Taller Científico "José Martí y la espiritualidad",
Centro de Estudios Martianos, La Habana, 13 y 14 de diciembre de 2011)
El universo espiritual martiano está regido por principios que constituyen su armazón y sostén. Así, por ejemplo, establece que: “Al estudio del mundo tangible, se ha llamado física; y al estudio del mundo intangible, metafísica. La exageración de aquella escuela se llama materialismo; y corre con el nombre de espiritualismo, aunque no debe llamarse así, la exageración de la segunda. (…) Las dos unidas son la verdad: cada una aislada es solo una parte de la verdad, que cae cuando no se ayuda de la otra.” [1]
A esta, la piedra angular de su cosmovisión, la llamó indistintamente “Filosofía de la Relación”, o “Ley del Equilibrio”. Esta “Ley matriz y esencial”, esta “gran Ley estética”, se inicia en el interior de cada hombre y acaba en el Universo: “lo uno en lo diverso”, como él mismo expresara. Según ella, el hombre, en cuyo destino superior y trascendente cree, está formado por materia y espíritu que coexisten y se presuponen. Niega la posibilidad de que uno provenga del otro. Tomándose a sí mismo como prueba de sus afirmaciones, dice que existe en el ser humano una parte tangible y visible, como el brazo; y otra intangible e invisible, como la simpatía.
De esta forma traza su singular tesis, de marcada raíz antropológica, de que en el ser humano van unidos el ángel y la fiera, y de que en la lucha perenne entre ellos, se va forjando el hombre camino del Homagno, su visión particular del hombre superior, que lo es en tanto asume y compromete su existencia en bien de los demás y sabe ponerse “de alfombra de su pueblo”.
Estudioso insaciable de todas las culturas y sus filosofías, supo extraer de las que se cruzaron a su paso lo esencial y durable; y descubre por su cuenta las similitudes primigenias que las sostienen. Los sistemas teóricos, las instituciones que en ellos se fundamentan, los mártires, los sinceros, los fanáticos y los detractores que cada una tiene, le llevan a afirmar, con verdad, que todas las instituciones de los hombres, puestas una al lado de la otra, no se llevan un cabo ni una punta: todas han nacido por las mismas necesidades, han proliferado por las mismas virtudes y se han corrompido por los mismos vicios.
Asume lo que en las filosofías del oriente suele llamarse “Iluminación”, como aquel “cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria.” Afirma que cuando el hombre, mediante el estudio teórico o experimental, descubre estas verdades germinales que rigen y fundamentan nuestra existencia: descansa al fin, y sobreviene a su espíritu la paz definitiva. Considera que la educación ha de preparar al hombre, en el único tiempo que suele dedicarse exclusivamente a este fin, para enfrentar y resolver los problemas que la vida le ha de presentar, y establece que los dos grandes problemas humanos son: “la conservación de la existencia y la búsqueda de los medios de hacerla grata y pacífica .”
Insiste reiteradamente en que el ser humano tiene una natural necesidad de la creencia. Aunque llegue a afirmar en La Edad de Oro que son los hombres los que crean los dioses a su imagen y semejanza, porque se ven pequeños ante la naturaleza que los crea y los mata, y necesitan creer en algo superior para que los trate bien en el mundo y para que no les quite la vida. La fe martiana está asociada a la necesidad de la creencia en una positiva existencia superior, post terrena, que compense los inconmensurables dolores del espíritu humano. De esta manera afirma que “la vida humana no es toda la vida”, y que “para creer en el cielo, que nuestro espíritu necesita, no es necesario creer en el infierno que nuestra razón reprueba”.
“Por la tierra hay que pasar volando, porque de cada grano de polvo se levanta el enemigo a echar abajo, a garfio y a saeta, cuanto nace con alas”. “Conozco al hombre y lo he encontrado malo”, dirá con tristeza, aunque confesará en el prólogo al Ismaelillo y otros textos su “fe en el mejoramiento humano, en la vida futura y en la utilidad de la virtud”, lo cierto es que en sus obras publicadas encontramos en 70 ocasiones su valoración negativa del hombre, mientras que las positivas aparecen solo en 25. “De mala humanidad no se pueden hacer buenas instituciones”, afirmaría también, pero reconoce la necesidad de las instituciones para la organización social del hombre en tanto humano. Y de ahí que asuma que en el seno de dichas instituciones disputen y pervivan a un tiempo las fuerzas opuestas que pugnan en el alma del hombre. La esencia de esa convicción la refleja en una sentencia aforística: “Los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan; los que odian y deshacen.” Es la única división para él posible entre los hombres: el egoísta-destructor-negativo, y el altruista-edificador-positivo.
Afirma que en lo común de la naturaleza humana suelen ser siempre más los egoístas que los altruistas, el mal que el bien, pero estos últimos poseen una incontrastable fuerza de carácter a la que no puede oponerse fuerza alguna. De ahí que el ejercicio constante de la virtud sea el único camino para el crecimiento humano, como freno a los instintos biológicos que llevan al vicio y al crimen, y como ensanchamiento espiritual que acerca al hombre al ángel y a lo alto, alejándolo de la fiera y del fango.
“Todo hombre lleva en sí una fiera dormida, pero el hombre es una fiera admirable: le es dado llevar las riendas de sí mismo”. Todo hombre es resumen del mundo animal, en que a veces el león ruge y el cerdo hocea, y la paloma arrulla, y toda virtud está en hacer que del cerdo y el león triunfe la paloma. Dice que hay horas de bestia en el ser humano, en que la garganta siente sed fatídica, y los ojos llamean, y los dientes sienten necesidad de morder, y los puños crispados buscan cuerpo donde caer. Enfrenar a esa bestia y sentar sobre ella un ángel, es la victoria humana.
Por ello tiene, en estos tiempos vertiginosos e inseguros, tanta vigencia aquel mandato suyo: “Talentos, tenemos en Cuba más que guásimas (…) caracteres es lo que hemos menester”. Y si bien debemos continuar trabajando por aumentar la producción de bienes y servicios pues, como dirá él coincidiendo con Marx, “en pueblos como en hombres la vida se cimenta sobre la satisfacción de las necesidades materiales”, también nos alerta del peligro que entraña dejar a un lado las cosas del espíritu porque “importa poco llenar de trigo los graneros si se desfigura, enturbia y desgrana el carácter nacional; los pueblos no viven a la larga por el trigo, sino por el carácter.”
Consecuente con el método electivo de la filosofía cubana, de todas las corrientes e instituciones doctrinales a las que se acercó extrajo lo que a su juicio consideró de más utilidad en ese camino de crecimiento espiritual, si aferrarse a ninguna de ellas y sin negar a ninguna, pues todo lo que en el mundo ayude a mejorar al hombre para él es loable, y de cada una de estas escuelas dejó valoraciones justas y encomiables, aún cuando en ellas fuera envuelta, como solía, alguna crítica ineludible. No obstante afirmó que “en las estrecheces de una escuela yo no existo.”
Jorge Mañach, refiriéndose a la vida de Martí, dijo que no es posible la descomposición química de una llama, y que lo más grande de Martí es él mismo, su espíritu inabarcable e insondable, su ecumenismo sincero, su infinita capacidad de amar. Por ello, pretender encerrar el universo espiritual martiano en los marcos de una filosofía, de una ideología, de una religión, —como diría él mismo refiriéndose a la imposibilidad de recoger en un artículo periodístico los sucesos relacionados con los trabajadores de Chicago— es como tratar de encerrar la lava de un volcán en una taza de café. La expresión mayor de su espiritualidad universal y humanista la refleja esta conclusión lapidaria: “El mundo es un templo hermoso donde caben en paz los hombres todos de la Tierra.”
Recomendaciones
Bibliografía Activa:
- El presidio político en Cuba.
- El sisma de los católicos en Nueva York.
- La excomunión del padre McGlyn.
- El Cristo de Muncacksy.
- Un paseo por la tierra de los anamitas. (La Edad de Oro)
- La Iliada. (La Edad de Oro)
Bibliografía pasiva:
- Jesús de Nazaret, paradigma ético de José Martí. Por Delio Orozco.
- Martí y la masonería. Por Emilio Carrancá Trujillo.
- Historia de la Masonería cubana. Eduardo Torres Cueva.
- José Martí y la ciencia del espíritu. Por Diego Jorge González Serra.
- Diálogo sobre José Martí, el Apóstol de Cuba. Por Cintio Vitier y Daisaku Ikeda.
- El amor como energía revolucionaria en José Martí. Fina García Marruz.
- El espíritu de Martí. Por Jorge Mañach.
[1] José Martí, Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. Tomo 20, página 361. (En lo adelante nos referiremos a ellas como O. C., el tomo en números romanos y la página en números arábigos.)
martes, 31 de enero de 2012
UN SILENCIO Y UN ABRAZO PARA MARTÍ
Palabras de Reynaldo Lacámara Calaf. Poeta y Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile.
Para rescatar desde lo más profundo de la historia de nuestra América Morena la voz y la vigencia de José Martí… lo primero es el silencio.
Ese instante que precede al tierno vigor de un hombre, de un joven latinoamericano de apenas 159 años, cuyo verso hoy se hace presente con la lozanía primera de todo aquello que transita por el rostro de nuestra gente y de sus sueños inconclusos.En él se resuelve y sintetiza la larga peregrinación de hombres y mujeres que han sembrado dignidad, esperanza y amaneceres en América Latina… desde Atahualpa a Salvador Allende… hasta la “grandes Alamedas” de este Chile rejuvenecido por estudiantes plenos de vida y conciencia.
En Martí reconocemos la alborada de un canto empapado de manos encallecidas, sonrisas inéditas y caminos por inaugurar.La poesía de un hombre fundacional, como él, conserva la frescura y el impacto de aquello que trasciende el micro espacio de su génesis para proyectarse a través de los poros de la historia hasta la urgencia misma de estos días, con sus prisas y demoras. Refundamos la posibilidad histórica de un continente nuevo y audaz cada vez que el día a día se transforma en desafío y posibilidad. Cuando lo asumimos con la convicción martiniana de que la historia nos pertenece y la construimos desde la belleza, el desparpajo y la irreverencia de quienes se saben protagonistas del presente y habitantes de un futuro cada vez más nuestro.
Para hablar de Martí lo primero es el silencio.Para seguir a Martí lo primero es el “nosotros”, generoso, simple, como una sonrisa, un café, un vino o una caricia en la madrugada. Un “nosotros” necesario, insustituible, a la hora de derrotar la antropofagia y volvernos a abrazar.En esta tarea la palabra y la belleza nos invitan a un nuevo modo de traducir la vigencia de una vida y obra, como la de José Martí, que Gabriela Mistral definiera como “una vida y obra sin acabamiento”. Es decir una vida sin límites o fronteras marcadas por la pequeñez o la miopía sobre sí mismo y los demás, que hace creer profetas a los que apenas son comentaristas. Por encima de la mirada autocomplaciente, impuesta como señal de identidad, para no incomodar ni alterar los equilibrios, para no poner en peligro nuestras porciones de poder o influencia, por encima de todo eso hoy José Martí nos vuelve a repetir…”Ganado tengo el pan: hágase el verso”…
Santiago de Chile, 28 de enero de 2012
sábado, 28 de enero de 2012
MARCHA DE LAS ANTORCHAS EN HOMENAJE A MARTÍ
Marcha de las Antorchas, Habana, Cuba. Foto: Roberto Carlos Medina/ www.Trabajadores.cu
Por Carlos Rodríguez Almaguer.
Una ola gigantesca de luz bajó anoche por la escalinata de la Universidad de La Habana, colmó la calle San Lázaro y se extendió hasta la Fragua Martiana, lugar señero de la historia patria donde, por querer libre a Cuba, cumplió trabajos forzados el adolescente José Martí. La marcha de las antorchas devino respaldo inaquívoco de los jóvenes cubanos a la Conferencia nacional del Partido Comuista de Cuba que se celebra desde hoy en La Habana.
Banderas, himnos, canciones y consignas acompañaron el paso dispuesto de hombres y mujeres de varias generaciones reunidos en esta histórica celebración para honrar la memoria de quien ha sido y es el alma de la nación cubana. Amigos de Cuba, venidos de diferentes latitudes, sobre todo de los países de nuestra Madre América, acompañaron este recorrido para ellos ya inolvidable. Entre estos se encontraban los integrantes de la Brigada Suramericana de Solidaridad con Cuba, que se encuentra realizando diversas actividades desde el Campamento Internacional Julio Antonio Mella, del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos.
Una multitud de jóvenes aplaudió al cantautor Eduardo Sosa quien, en los momentos inmediatos a la marcha interpretó versos sencillos de José Martí con música de su propia autoría. De alegría y gratitud eran los rostros, de reverencia y respeto, de cariño sincero y entrañable hacia "el hombre más puro de la raza", aquel que nos enseñó que "la grandeza de un pueblo, cualquiera que sea su tamaño, está en dar hombres generosos y mujeres puras."
"Honrar héroes, los hace."
viernes, 27 de enero de 2012
LA LUZ MÁS GRANDE QUE HA ILUMINADO A CUBA
(Comparto con los lectores de este Blog el texto de la entrevista que me hiciera la periodista Mayra García Cardentey, del periódico Guerrillero, de Pinar del Río, con motivo de celebrarse el 159 Aniversario del Natalico de José Martí, y que ha sido publicada hoy en Cubahora.)
"Martí" Obra del artista pinareño Dausel Valdés.
Por Mayra García Cardentey.
"Martí" Obra del artista pinareño Dausel Valdés.
Por Mayra García Cardentey.
—¿Qué aspectos debemos tener en cuenta para enseñar y estudiar a Martí?
—Que Martí es esencialmente un horizonte. Que hay muchos caminos para llegar a él: la poesía, la filosofía, la política, la oratoria, la pedagogía, la jurisprudencia, la ética, la diplomacia, la lingüística, la plástica, el teatro, la literatura en general, el periodismo, etc., y que debemos enseñarlos todos. Como sucede con los grandes hombres, por cualquiera de esos caminos que escojamos para acercarnos a él, una vez llegados, jamás encontraremos un pedazo del hombre, siempre vamos a encontrar al hombre entero.
—¿Cómo valora los métodos a la hora de difundir la vida y obra de Martí en centros educativos y medios de comunicación?
—Esto pasa por el nivel de cultura que tenga quien se enfrente a semejante desafío. Y enfatizo cultura, no instrucción. Cada vez tenemos mayor instrucción sin que podamos decir lo mismo de la cultura. Aquella realza y le da brillo a esta, pero no la sustituye. Allí, en el aula o en el medio de comunicación, donde haya una persona sensible, culta, que tenga conciencia de la importancia que entraña para el mejoramiento de la sociedad en general y de cada uno de sus ciudadanos, transmitir o divulgar el pensamiento y el sentimiento de un hombre como José Martí, su sentido de la vida, el trabajo es realmente hermoso y deja frutos muy reconfortantes, cuyo impacto en el alma de los que lo reciben perdura por mucho tiempo y, a veces, para siempre.
Sin embargo, allí donde no existen esas condiciones subjetivas, y la mediocridad, la indolencia y el formalismo —tres manifestaciones del espíritu humano que suelen ir muy unidas— han sustituido a la originalidad y al compromiso social, entonces lo que genera es el esquematismo, el encasillamiento, el dogma, cuando no el aburrimiento, el desinterés y, en último caso, el rechazo consciente o no.
—En este sentido, algunos investigadores consideran que “no se puede enseñar a Martí” sino que “hay que adiestrar cómo aprenderlo”, porque “si uno vuelca toda su figura en un alumno es posible que este se sature y se provoque el rechazo”. ¿Cuál es su criterio?
—Soy de los que ha dicho en varias oportunidades que a Martí no se le enseña. Hay que descubrirlo si queremos llegar a él, a su cosmovisión, y no quedarnos en la superficie de un relato histórico por enjundioso que este sea. Una biografía no es el hombre en sí, parafraseando a Kant, sino la historia de la vida de un hombre contada por otros hombres y, por tanto, siempre parcial. Si el árbol se conoce por sus frutos, el hombre se conoce por sus actos y por su pensamiento. Los exégetas pueden ayudar mucho en nuestra búsqueda del hombre total, pero no pueden sustituir nuestros propios descubrimientos. Martí en La Edad de Oro dice que no se aprende bien sino lo que se descubre. Y para mí “encontrar” a Martí significa asumirlo en su esencialidad ética y humanista, atemperado a cada época histórica. La vida ha demostrado que usted puede conocer de memoria una biografía, apoyarse en una cronología de su vida, repetir muchas de sus frases, y sin embargo, sus actos pueden llegar a ser la negación de la propia palabra martiana. Entonces, no puede decir, honradamente, que conoce a Martí. Lo que conoce a lo sumo es un relato.
—Enrique Ubieta en su ponencia “José Martí y el proyecto emancipador cubano”, explica: “Si asumimos que José Martí es el héroe por excelencia, el fundador de la nación —no en el tiempo cronológico, sino en el total— y lo colgamos con sus vigilantes ojos en la pared del aula o del taller, podríamos reducirle a símbolo patrio, en el mismo sentido en que lo son la bandera y el Himno Nacional; de esta forma no necesita de estudios críticos… Poco nos serviría esa estampa vital del Apóstol… José Martí también es, por supuesto, símbolo patrio, pero su humanidad excepcional abre el diálogo fecundo de su vida-obra a la intemporalidad”. ¿Qué cree usted al respecto?
—Concuerdo enteramente con Ubieta. El Che Guevara decía en un discurso sobre Martí, que la palabra martiana no era de librería, no era de museo, estaba viva y actuando a través de los hombres que inspirados en ella llevaban a cabo la transformación social, política y económica de Cuba, en busca de la República que él soñó y por la que murió. Martí no es un fetiche ni un dogma. No es tampoco una panacea. Pero en su pensamiento, y sobre todo en su espiritualidad, profundamente humanista y ecuménica, están muchas de las claves para mejorar a la Cuba de hoy, la de mañana y la de siempre. Fue un hombre raigal en el sentido de que vio en la raíz de las cosas, de los seres humanos y de las relaciones entre ellos, por eso su pensamiento será siempre contemporáneo.
—Existe un criterio popular de que “Martí sirve para todo, que habló de todo”. Muchos ven en él un repertorio de sentencias, algunas incluso no propiamente de su autoría. ¿Cómo cree que se ha originado este juicio? ¿Qué opina al respecto?
—La causa de esa visión simplista de Martí —sin que simplista signifique irrespetuosa— tiene que ver con el desconocimiento de su obra, de su totalidad. Por lo general solemos acercarnos a Martí a través de frases. De hecho, una colección de frases suyas titulada Granos de Oro, fue el primer libro publicado en Cuba sobre su obra. Las empleamos en discursos, en murales, en pancartas de todos los tamaños y en cualquier lugar a lo largo del país. Su genio múltiple, que asombra y enamora por su profundidad y sencillez cuando nos acercamos sistemáticamente a su obra, suele verse entonces fragmentado, como una suerte de oráculo cuyas sentencias tienen que ver más con adivinaciones, profecías, visiones, cosas inconexas, que con la integralidad armónica de sus saberes y de sus perspectivas.
—En reciente encuesta a jóvenes, muchos esgrimían que se “exaltaba demasiado la imagen de Martí”, “no se enseña como un ser humano, con defectos y virtudes”. Algunos incluso confesaron que no se puede hablar de elementos negativos en Martí, sería “manchar su nombre”. ¿Qué considera sobre estás opiniones?
—Humano a fin de cuentas, Martí tuvo también defectos. Pero a diferencia de la mayoría de los seres humanos, poseyó la firme voluntad de mejorarse a sí mismo. El que lo haya alcanzado en grado muy superior al de la inmensa mayoría de sus congéneres, de su tiempo y de los que le han sucedido hasta nosotros, es lo que lo convierte en paradigma de tres siglos. No en vano Gabriela Mistral lo llamó “el hombre más puro de la raza”.
Sobre la pertinencia de hablar o no de sus defectos, eso quedará siempre a juicio de cada cual, según sus intenciones y su conciencia. Él mismo dijo que los hombres no pueden ser más perfectos que el sol, que quema con la misma luz con que calienta, y que tiene manchas: los agradecidos hablan de la luz, los ingratos hablan de las manchas. Nada de lo negativo que puedan decir de él, hoy o mañana, como lo dijeron ayer, rebajará en un ápice su grandeza: la cuenta de sus yerros nunca será más que la de sus virtudes. De él podemos decir lo que él dijo de otro grande hombre: “lo mordieron los envidiosos, que tienen dientes verdes; pero los dientes no hincan en la luz”. Y él es la luz más grande que ha iluminado a Cuba, cuyos reflejos han despejado también las tinieblas y las brumas que cercaban a nuestra madre América.
—Muchos encuestados, al referirse a la pregunta de si su pensamiento se emplea mayoritariamente en temas políticos, contestaron que sí. En otro acápite confesaban que el exceso de estos mensajes políticos asociados a la vida y obra de Martí, les hacía parecer poco atractivo su estudio. ¿Qué cree de esto?
—El hombre es, en esencia, un animal político. El propio Martí decía que un hombre no es más, cuando más es, que una fiera educada. Todo lo que hacemos es en función de una política que puede ser individual, grupal o social. La forma más elevada de hacer política es la cultura, que es mucho más que la mera instrucción. Es un hecho que todas las facultades y aptitudes que se manifestaron en la multifacética personalidad de José Martí las puso, intencionadamente, en función de una política: la de mejorar al ser humano. Para lograr esa meta final necesitaba, en primer lugar, alcanzar la independencia de Cuba para frenar el desmadre del naciente imperialismo norteamericano, con lo cual contribuiría a equilibrar un mundo, es decir, una época histórica. Logrado esto, se concentraría en la superación del hombre americano para hacer triunfar la República Moral en América. Desde su primer poema dedicado al 10 de octubre, pasando por su única novela, su ensayística, su periodismo, su vasto epistolario, hasta sus Versos Sencillos, el Ismaelillo o aquellos “endecasílabos hirsutos”, sus “encrespados Versos Libres”, todo estuvo en función de esa política suya expresada en el prólogo al libro de versos dedicado a su hijo: “Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud…”.
Lo que puede provocar algún rechazo no es, precisamente, la reiterada y necesaria visión política que de él se da, sino los modos en que esto se hace. La Revolución que triunfa en enero de 1959 ha necesitado enfatizar en el sentido político de su vida y de su obra, no solo porque de verdad es quien en última instancia determina su existencia —cosa que le reprochará el mismo Rubén Darío al saber de su muerte en combate: “Oh, Maestro, qué has hecho”— sino porque, martiana de raíz, inspirada en él, esa Revolución ha necesitado defenderse siempre de sus enemigos jurados: el imperialismo, el espíritu anexionista que en diferentes formas, propiciado desde el Norte y alimentado por cuanto de feo y egoísta tiene la naturaleza humana, ha logrado sobrevivir a la colonia y, defenderse también de un tercer enemigo, más temible si se quiere que los anteriores: el de la imperfección humana que padecen los hombres que al cabo son quienes la hacen con su trabajo y la defienden con sus vidas. Pero no existe en Cuba, al menos que conozca, regulación legal alguna que impida a los maestros o a los que pretendan acercarse a su legado, hacerlo desde cualquiera de sus facetas. Esa será siempre una elección individual de soberana independencia, pero nada excusa, salvo el desinterés o la pereza, el dejar a un lado el poderoso manantial de vida que existe en la obra de aquel que fue, es y será siempre, al decir de Lezama, “un cerrado impedimento a la intrascendencia y la banalidad”.
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